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Mi abuela era muy sabia. Me decía: nunca se case enamorada mijita. Ese amor que usted pueda sentir, es como cuando un hombre está enculado. Qué es eso de sentir maripositas en la guata!!! ¿Cree, a caso, que le va a durar? No, darling, eso no dura.¿Dura lo que dura, dura? Bueno sí, dura un tiempo, pero proporcionalmente es tan cortito, que sirve sólo para que usted actúe como una loca mostrando lo mejor/peor de sí, y para el otro, exactamente lo mismo.
Pero no es nuestra esencia eterna la que se despliega en esos momentos, no pues cariño, ya le dije: es lo mejor / peor de uno mismo. Luego viene la calma. Luego, la rutina. Luego la apatía. Y cuando todo eso nos inunda, sólo nos pueden salvar tres cosas: el cariño, el respeto, y la conversación. Porque hasta la admiración puede arrancar por la ventana de cuando en vez.
Y cuando no quedan ganas de tirar como conejo ni las ansias de sentirnos como Cristóbal Colón viajando por el mundo sólo nos podemos aferrar a una sola cosa: las ganas de conversar.
Así que cuando usted piense que ése es “él” pregúntese primero, si acaso usted quisiera sentarse a conversar con él durante los próximos 50 años.
Sabia ella.
Sí, claro, lo reconozco, he sido víctima de las pasiones; me vestí alguna vez con un jumper en un motel y participé de maratones sexuales con mi pareja. Saqué lo mejor y otras veces lo peor de mi, pero efectivamente, todo en algún minuto puede arrancarse por la ventana como un ladrón y uno finalmente se queda a solas, mirando al otro.
Pero antes que eso suceda las personas se enculan. Y cuando se enculan se pueden volver ciegas y estúpidas, tratando de entregar lo mejor que creen que tienen.
Entonces pueden llegar a prometer el oro y el morro por un polvo más, ó más rico, como si en eso se les fuera la vida.
Todos han pasado por lo mismo.
¿Cuándo aprender?
Nunca, parece.
Muchos siguen víctimas de sus instintos y si nos pillan volando bajo, con la autoestima por el suelo y luego de prolongados períodos de soledad; bastará sólo un guiñito, un par de cursilerías y un ademán de “te dejo inválido/a con un polvo” y páh, cacha.Y queda la zorra. Enculados. Literalmente.
Vamos jugando al perro y al gato, al paco y al ladrón. Y si se nos va toda la sangre al poto, las neuronas dejan de hacer sinapsis, y vamos dejando cagadas tras cagadas a nuestro paso.
Porque nos sentimos power. Tirando a lo mejor con el amor de la infancia, pero poooooweeeer. Hasta ricos e inteligentes.
Nos levantamos cantando, lavamos los platos silbando y renovamos el clóset.
Pensamos (pensamos? really?) que éste es nuestro minuto así que el resto se espere. Y cuando me refiero al resto meta usted en este saco a los hijos, las cuentas, familiares, amigos, todos jódanse, chúpenla, yo lo estoy pasando como nunca, enculado. Me gasto todo el sueldo en carrete, compro muebles que no necesito, ropa de maraca/pimp y hasta planifico viajes a paraísos perdidos para seguir cumpliendo mis fantasías.
El problema es que el enculamiento se acaba. Porque todo se tiene que acabar alguna vez, nada es para siempre también decía mi abuelita.
Y cuando el enculado ó la enculada de turno se da cuenta que era víctima de sus pasiones y que por más que lo intentó no pudo rehabilitar al susodicho de su eyaculación precoz (no pos querida, no a todos les pasa, la weá no es normal, y no se mejora sin tratamiento: think baby, think) quieren sentarse a conversar para ver si la relación se consolida.
Las mujeres nos proyectamos y lo presentamos en casa, el hombre finalmente da la cara y la presenta ante los amigos; pero ni familiares ni amistades se sienten ya interesados en conocer al enculador de turno que logró sacar lo peor de nosotros.
Volvemos a nuestra rutina y queremos pasar más tiempo con quienes nos han querido desde siempre, y es probable (sólo probable, y esto depende de cuán mal nos portamos mientras estábamos enculados y qué tan mala gente era nuestro enculador /enculadora) que si dejamos botados a nuestros hijos, amigos, y conocidos, cuando nos desenculemos ya nadie quiera volver a estar con nosotros. O sea sí, nos pueden dar algunas migajas como limosna pero créanme que ya nada será como antes.
Y ahí entonces también es probable que nos sintamos un poco solos, pensemos que las cagamos, y volvamos a buscar lo que me decía mi abuelita: alguien con quién conversar. ¿Por cuánto tiempo? Eso va a depender de qué tan tarados nos dejó el enculamiento. Si las neuronas quedaron medias moribundas ó si alguna parte de nuestra esencia de buenas personas aún vive.
Si no quedó nada, es probable que tengamos que buscar con quién más encamarnos. Buscando una actividad distinta cada noche para llegar a la casa simplemente a aturdirnos para no pensar porque como ya no tenemos con quién conversar, mejor no pensar en eso ¿no es cierto?
Moraleja:
Si está enculado, tire calladito. Verifique que no sea un chupa sangre roba almas y tire calladito.
Cúidense el culito queridos, pero cuiden más sus cabecitas y sus corazones, el culo se recicla: las personas no.
Una de las maldiciones contra las que siempre he luchado es la autocensura.
Así es.
Yo, la verborreica, yo la imparable, yo la no-me-importa-una-huea.
Pese a eso, siempre pienso en las consecuencias. En las que mis poros alcanzan, ó quieren alcanzar: si mis más queridos se verán gravemente afectados, si me voy presa, ó si sentiré que pediré disculpas ad-honorem.
Créanme que no es el caso.
Me mordí las uñas, me mordí la lengua, hasta desconecté el módem una vez.
Hasta hoy.
Porque hoy. Hoy. HOY.
Hoy me senté en mi nueva terraza. Mía. A escuchar el agua de la fuente, a tomar calor del incienso. Y de pronto (la mente es una puta violenta y traidora) recordé. Como un balde de hielo.
Un día te dije: no quiero más que esto. Nuestras hijas son felices acá.
Me miraste y me dijiste: puedo ganar mucho más y podemos irnos mucho más lejos.
No. No quiero. ¿Por qué más, para qué más? Mira, la Amelia tiene la plaza al lado, llena de juegos y amigos, la Isidora tiene el Estadio al lado, entrena todos los días. La ambición es como el demonio, te dije. No hay que tener más. ¿Para qué más?
Y las desalojaste. Las arrebataste de las entrañas de la infancia, sus aguas, sus juegos, sus amigos, sus rutinas.
Yo las agarré en el aire de tu holocausto y las sostuve, las contuve todo lo que podía y no fue suficiente. Me creí omnipotente y no lo fui.
Te convertiste en una daga en sus espaldas, y yo lo maquillé. E ilusamente creí que ese bálsamo encubridor lo anestesiaría.
Entonces inventé un cuento en el que todas tendríamos una oportunidad de seguir inventando el mundo. Lleno de música, lleno de recetas de cocina, lleno de lanas de bufandas y gatos revoltosos pero por sobre todo lleno de paz. Aquello que siempre quise que gobernara mis muros. La tan vilipendiada paz.
Y logré encantarlas. Guauuuu sí que logré encantarlas. Un nuevo mundo por descubrir, nuevos caminos, nuevas rutas, total, todo lo nuevo es bueno (¿?)
Olvidé que hay manos avezadas que desempolvan fotografías y letras. Porque, qué es ahora la letra sin consecuencia? Letra muerta me enseñaron.
Olvidé que si yo puedo reciclar, otros se estancan entre la basura.
Entonces hoy llegó la Isidora. Llorando del colegio. Se encerró en su pieza sin mirarme. Pero no se escondió. Porque volvió.
Y volvió arremetida.
Ya la conoces (¿te acuerdas de ella?)
Pocas palabras, casi sin gestos. ¿El mimo odioso?
Y así, como es ella, también, de la nada.
“No me pidas que sonría de nuevo. No me pidas que haga como que no existió. Rezo todas las noches para que al despertar me digan que ha muerto. Que no me habla, porque ha muerto. Que no me llama porque ha muerto. Pero mamá, no ha muerto. Me duele tanto que prefiero pensar que mi papá murió, que perdí a un papá”.
Como supones, no me dejó abrazarla, no me dejó consolarla. Arrancó.
Sólo recordé lo incondicionales que eran. Pensé después que si sólo ella supiera que ahora estabas en Niza podría morir de un infarto. Así de pequeña, así de frágil, así de horroroso.
Y luego recordé el recuerdo.
¿Cómo le explico a ella que la prolongaste a mi?
Contéstame ahora, cómo abro la puerta de su pieza, porque llora a gritos.
Ni perdón. Ni olvido.
Isidora, mi Caupolicana, hoy recibió un regalo.
Mi mamá es fuerte, muy fuerte, mucho más fuerte que las otras mamás.
Mi mamá es guapa, muy guapa, muchísimo más guapa que las otras mamás. Si organizasen un concurso de belleza para mamás, seguro que mi mamá ganaba el primer premio.
Mi mamá es inteligente, súper inteligente, mucho más inteligente que las otras mamás. Siempre sabe quién es malo, mucho antes de que acabe la película ¡Y sabe hacer cuentas de memoria!
Mi mamá es deportista, muy deportista, mucho más deportista que las otras mamás. Sabe jugar al futbolín, a la petanca, y sabe patinar en patines de ruedas. Y además, sabe hacer puzzles.
Pero los otros niños también tienen un papá. Yo, no. Necesitaría un papá grande, muy grande, por lo menos, como cuatro papás.
Necesitaría un papá fuerte, muy fuerte, mucho más fuerte que los otros papás. Tan fuerte como el Luchador Enmascarado de la tele.
Necesitaría un papá guapo, muy guapo, mucho más guapo que los otros papás.
Tan guapo como un actor de cine, y con mucho pelo.
Necesitaría un papá inteligente, súper inteligente….deportista…que supiera hacer puzzles ¡y que fuera cariñoso!
Mi mamá y yo pusimos este anuncio en el periódico:
“Se busca un papá tan estupendo como mamá. Los que no lo sean, que se queden en su casa. Personas cualificadas abstenerse”.
Al día siguiente, llegaron los aspirantes a papá.
Uno era bastante fuerte….otro no tenía casi pelo…..otro no sabía hacer cuentas….otro no sabía patinar sobre ruedas….a otro no le gustaban los puzzles….y otro no era simpático…..
Al final, no quedaba más que uno. La verdad es que no era muy grande….tampoco parecía un actor de cine….no tenía un aspecto muy deportivo….ni era fuerte como el Luchador Enmascarado.
Pero parecía simpático, así que nos lo quedamos.
Mi nuevo papá es bajito, muy bajito. Mucho más bajito que los otros papás.
Es muy malo en cálculo mental….pero sabe muchas poesías….le gustan los animales…. ¡y sabe cocinar!
Mi nuevo papá es simpático y cariñoso, mucho más cariñoso que los otros papás. Por la noche, antes de dormirme, me sienta en mi cama y me lee un cuento. Algunas veces, incluso dos.
¡Me encanta mi nuevo papá!
Aunque no sepa patinar sobre ruedas, ni hacer puzzles.
¡Es mi papá!
…….
Gracias Javier. Nos hiciste llorar a las dos.
Todo podría haber sido diferente. Muy diferente.
Y es que yo había escuchado tantas historias de parejas haciéndose mierda a diario, regalándose con holgura el infierno en Tribunales, capaces de vender a sus hijos / padres / madres / amigos / conocidos con tal de ganar.
Y yo siempre me pregunté. ¿Ganar qué? Si todos terminan muertos. En vida. Dueños de los peores sentimientos humanos: el odio, la envidia, el rencor, resentimientos hasta externos y heredados.
Parte de la incultura, pensaba yo. Esto debe ser sólo falta de conocimiento, claro, sensaciones como el enojo pueden hacer que dejes de ser un ente racional y te transformes en un pobre imbécil, despojo de los principios que alguna vez adquiriste y asimilaste para ahora enarbolar sólo causas perdidas (perdidas, porque no los enarbola).
Y en ese batallar de egos, muchas veces, la mayoría, nosotros, los que nos creemos adultos, dejamos más heridos que a nadie a quienes pregonamos nuestro amor incondicional a los siete vientos: nuestros hijos.
Entonces, cuando escuchaba estas historias yo sólo quería huir. Huir como un animal. No quería ( y aún no quiero, ya no sé si es ingenuidad ó la estupidez misma) creer que las personas cuando sólo deciden ganar son capaces de avasallar con todo a su paso con tal de conseguir un logro más que su contrincante.
Y hoy no es diferente.
Trabajar y lograr un camino para cambiar nuestro micro universo, si somos tan pequeños, es una batalla que libro a diario. No sé realmente si es porque crecí en el Infierno que no se lo deseo a nadie, pero tengo al menos la certeza que jamás mi legado sería un territorio minado para que el que entre se sienta caminando como elefante en cristalería.
Y es que yo soy una mujer separada. Y el día en que dejamos de ser nosotros yo seguí teniendo fe en el concepto de familia. Ese grupo humano incondicional en el que uno debe crecer para poder después creer en la bondad y en la inteligencia. Ese nido del que tenemos la capacidad de construir pese a las diferencias acortando distancias sólo con el objetivo de no matar las ilusiones de nuestros hijos, que no deben perder la fe en quienes deben ser siempre sus ejemplos a seguir, para que sean humanos sanos y ricos de amor.
Hoy siento que esa creencia es más fuerte que nunca.
Pero necesito mi espacio. Con urgencia, como si me faltara el oxígeno.
Y es que me siento poderosa: con todas mis capacidades ampliadas, de trabajar, cobijar, alimentar y atesorar sonrisas, lágrimas, decepciones, trofeos y triunfos, sin tener que hoy mirar al otro.
Quiero correr, viajar, desnudarme y disfrutar de lo que pueda significar para mi ver a cada segundo a mis hijas. Como ríen, sufren y se esfuerzan por salir adelante.
Y para eso necesito espacio.
No quiero que él siga teniendo las llaves de mi mundo, quiero que toque la puerta. No soy mala persona, siempre la abriré. Pero que toque. Y pida permiso.
Es posible que yo sea muy feliz y no quiera compartirlo en ese momento.
Y estoy en mi derecho.
Sólo pido un espacio.
No quiero que siga siendo la primera cara que veo en las mañanas, la primera voz que escucho, el primer café que me despierta.
No quiero que siga paseándose en pelotas, a diario, delante mío.
No quiero que siga acostándose en mi cama.
Ya no quiero que siga siendo la última cara que veo antes de dormir, la última persona con la que converso.
Quiero que sean ellas. Y quiero tener la tranquilidad para armar este nido de mujercitas y sentir la libertad de ser, estar, si me apetece.
¿Mucho pedir?
¿Sí? ¿No?
Ayer conversaba con mi amigo de la infancia, el Pancho, sobre lo solos que somos los dos.
Cuando éramos niños vivíamos rodeados de amigos, hermanos, primos, compañeros de curso, incluso, nosotros mismos, que eramos vecinos y aunque íbamos en colegios diferentes, el uno esperaba al otro a la salida para caminar juntos para la casa. Así era todos los días, infinitamente.
No existían los celulares ni usábamos internet todavía, así que para salir nos gritábamos por la ventana y así nos íbamos pasando a buscar uno tras otro hasta que muchas veces terminábamos un grupo grande caminando por la calle. O si no, simplemente nos acompañábamos tirados en el pasto de la plaza de la esquina mirando los pajaritos, sin hablar de nada, sólo compañía gratis.
Jurábamos de guata que así pasaría el resto de nuestras vidas, y que de viejos, como estábamos ahora, seguiríamos gritándonos por la ventana y acostados en el pasto mirando pajaritos.
Pero la vida no fue así.
No teníamos las familias ideales pero ambas se desparramaron como granos de azúcar en la cocina, sin hormiguitas que los recoja. Nuestro micro mundo se transformó en un universo infinito y lejano, muy lejano del que nosotros soñábamos, y los amigos a los que íbamos a buscar se convirtieron en sombras penurias de lo que alguna vez fueron.
Nuestra fantasía sobre la vejez había terminado.
Ahora ambos estamos solos. Pololas, parejas, ¡hasta nos casamos! y cada uno terminó solo.
Solos construimos nuestra realidad habitual, y solos salimos adelante.
Él, padrino de mi hija mayor, y yo, devota incansable de él y sus aventuras, ahora estamos solos.
Anoche miraba su ojitos de pena, esos ojitos que se esconden de chiquititos, pero dolidos de amor herido y llenos de soledad, desencantado de las personas, tan triste por no entender el final ineludible no de estar solos, de ser solos.
Y no solamente nosotros.
Hoy, mientras miraba a mi abuela en una cama de una clínica, con sus ojos llenos de lágrimas, pude ver la misma mirada que tenía el Pancho anoche. Su hijo mayor murió hace años, su segundo hijo vive en La Serena, y aunque estaba yo, encadenándome a ella, está muriendo sola. Nadie va a cruzar ese umbral con ella de la mano.
Al parecer vivimos los dos ilusionándonos como niños de quimeras intenciones y no aprendemos.
Quisiera quitarle a esos ojitos la certeza de lo que nos agota, regalándoles pedazos de mi alma pero también está sola.
Y aunque quizás no sirva de mucho esta noche mi Universo lejano e infinito es para ellos, incondicionales y amadores, espíritus de los que nunca quiero dejar de prescindir.
Hoy grito por sus ventanas, y me trago sus lágrimas como copa de celebración por sus vidas.
Anoche me tocó ir a una reunión de apoderados. El colegio no es para nada la última chupá del mate ni mucho menos. Pero un colegio chico, de un curso por nivel, con pocos alumnos, y con un proyecto de “integración” me parecía una buena idea para mi menospreciada Caupolicana posesora de déficit atencional y pataletas varias. Eso era: atención personalizada, pocas distracciones, profesores aptos, mucho deporte.
¿Y con qué me encuentro?
A mitad de la reunión el Profesor Jefe (un cabrito, pero bueno como el pan, aunque su bondad cruce límites de la astucia) cuenta que él había hecho clases en una escuela municipal, y había entrenado a un equipo de Volleyball que finalmente salió campeón municipal. Fantástico, yo sabía que él era bueno. Y se le había ocurrido la idea de invitar a los alumnos a jugar con este equipo, en la cancha de la misma escuela. Fue optimista y esperanzado a la Dirección del Colegio a proponer su idea. Entusiasmado, ya había ideado qué buses los transportarían y que todo terminaría en un picnic en común, todos los chicos sentados en la cancha compartiendo.
¡¡¡Al fin!!! Había encontrado algo cuerdo y estaba feliz de escuchar su idea. Pero la Dirección le había respondido: no, por un tema de roce social.
Por un segundo, una fracción de segundo, pensé: los otros papás se van a ir a comer viva a la Directora. En la otra fracción de segundo 3 mamás (de 12 que habíamos en la sala) espetó a viva voz: “Por aaaaaaaalgo lo diráaaaaaa, ¿quién se hace responsable de lo que le pueda pasar a mi hija?
Es broma, pensé.
Las otras viejas (porque yo soy joven ah, que quede claro) la apoyaron. Un par de padres balbuceaban que no era tan mala la idea, total, mezclarlos un ratito, que se mezclen para que vean otras realidades. Una mamá, revolucionaria total, lo comparó con ir a dejar pañales a un jardín infantil de la JUNJI.
Yo me iba a quemar a lo bonzo. Cuando el Profesor Jefe se paró ante la sala y dijo: “Yo soy un orgulloso ex alumno y ex profesor de esa Escuela”
Aquí queda la cagá, dije. Todos se van a retractar como puedan.
Nada.
Y dale con el Jardín de la JUNJI, los pañales y lo peor: era bueno enseñarles a los niños una lección de tolerancia. T-O-L-E-R-A-N-C-I-A. ¿Sabrán lo que realmente significa eso?
Los ojos de pena del Profesor Jefe, su cara de orgullo herido, y su decepción del tipo “les di la última oportunidad a esta manga de weas” fueron avallasadores.
Y me acordé de inmediato de mi madre: “Si quedas condicional una vez más, te vas a la Escuela Pública de la esquina”
¿Cómo llegamos a eso?
La mala educación parte desde la casa. Los padres educamos a través del ejemplo. ¿No me creen?
Confiamos tanto en lo que pensamos y en lo que sentimos, que nosotros los adultos no somos capaces de cuestionarnos. Aprendemos a golpes, la vida nos da lecciones de humildad y de despojo (a ver si llegamos a las lecciones de sabiduría) pero el tema pasa porque no todos aprendemos de estas lecciones.
Y tampoco pasa por ser tolerantes. (Todavía me pregunto qué diantres tiene que ver la tolerancia en todo esto). Pasa por ser más humanos.
¿Qué sacamos por exigir una educación democrática, igualitaria y de calidad en todos los establecimientos del país si en la casa nos vamos a comportar como si los demás tuviesen lepra? Mézclate un ratito hijo, juegas un partido, compartes tu sandwich y asunto arreglado: aprendiste una lección.
Qué asco.
Y eso es lo que muchos enseñan hoy en casa.
Quizás son como yo, trabajan como vietnamitas todo el día y tienen un crédito de 90 horas de sueño, y sienten que el miserable par de horas que dedicamos a nuestros hijos en la casa no es nada comparado con las 8 horas que pasan en el colegio. Craso error.
Nuestros hijos nos miran. ¡Sí! Son seres humanos y nos miran. Nos escuchan. Y a veces hasta nos hablan. Y nosotros, los adultos, sus padres, tratamos que se parezcan a lo que nosotros pensamos es lo mejor para ellos. Y nuestra soberbia nos puede llevar tan lejos de la humanidad que somos hasta capaces de pensar que jamás cometemos errores. Es más, nos autocomplacemos repitiendo mil veces al día que no hay un manual para ser padres.
Pero sí hay un manual para ser humanos. Usted tiene libertad para hacer lo que quiera. Si hace lo que quiere y se equivoca, se cae. Si se cae, le duele. Si se equivoca, se cae, y le duele, usted aprende.
Somos tan soberbios que no aprendemos. Peor: no aprehendemos nada.
Y formamos personas soberbias, carentes del sentido de humanidad, egoístas y altaneros. Y hasta es posible que la vida nos vuelva a dar una lección pero algunos, hasta en el suelo, logramos con nuestra tozudez salvarnos de aprender la lección.
Y seguimos pensando con la rigidez digna de una escultura que hacemos lo mejor.
Y entregamos la educación de nuestros hijos a terceros pensando que ellos lo deben hacer tan bien como nosotros.
Y así nos despertamos todos los días dándole cero espacio a la autocrítica. Confíen en mi, el tema no es menor.
Pasamos un rol que es propio de nosotros como padres a terceros y somos capaces de apoyar un paro de un año sin si quiera mirarnos y preguntarnos si nosotros tenemos algo que ver en los malos resultados.
Y así nos pasamos la vida, delegando la culpa en los demás y exigiéndole a los demás que hagan lo que nosotros no sabemos y no nos interesa saber cómo se hace.
Nosotros somos el ejemplo.
Nosotros somos la primera fuente.
Y uno de los responsables de la mala educación.
Los conocemos ah? Si yo te digo: gente cínica, ¿piensas en alguien?
Yo sí.
Lamentablemente.
He luchado contra este tipo de personas toda mi vida. Pero son como una epidemia cada vez mayor. Esta es una de las razones por las cuales yo caigo mal (sí, sí, sí, una de las tantas, quéjese de mí todo lo que quiera) pero es que yo no voy a andar por la vida como maricón sonriente (maricona, si prefiere) y escondiendo detrás de mi espalda el cuchillo en la mano. No, yo prefiero caer mal y si es necesario espantar a las personas. Porque yo muestro el cuchillo y me voy de frente sin sonreír. Y probablemente no se me mueva ni una ceja.
Pero es justo y necesario (es nuestro deber y salvación) clasificar a los cínicos. Porque no, no todos son iguales.
1) Cínico Aspiracional
Es al revés del clásico tipo ó tipa que vendería a su madre para que el resto pensara que son unos putos. No. Todo lo contrario. Este Cínico aspira al altruismo, quiere que todos crean que son verdaderos padres y madres de familia. Escriben sobre lo felices que son al lado de sus parejas y viendo jugar a los niños pero son capaces de solventar por años una doble y hasta una triple vida, usan seudónimos y crean blogs ocultos para pelar a su +1 y salen a carretear con el celular apagado aunque alguien de su familia esté enfermo. Pero si llegan visitas de inmediato mi amorean a la primera y hasta lavan la loza.
2) Cínico envidioso
Este es yo creo uno de los más comunes: el compañero, colega, que da de palmotazos para saludar, invita al café de media mañana y hasta te defiende en público. Pero a la primera….saca de su bolsillo la sierra eléctrica y es capaz de cercenarse medio testículo (ó media teta) con tal de estirar la pata y propinar la mejor de las zancadillas. Verte caer de la peor de las formas con su trampita es con lo que sueña todos los días porque no soporta ver que puedes ser mejor.Porque la envidia se lo come vivo.
3) Cínicos Cobardes.
Este sí que da pena. Este es el que ni si quiera es capaz de enfrentar a sus propios pensamientos entonces es capaz de morir de un paro al corazón antes de enfrentar a alguien y decirle lo que le molesta. Entonces sonríe. Con sonrisa de maricón sonriente, por cierto. Sonríe, y esconde las manos; sonríe y después se tapa la boca; sonríe mientras te mira y piensa: que se muera este conchesumadre.
Esta noche podría hacer una clasificación casi infinita. Lo peor es que no sé aún claramente cómo eliminar de mi vida a este tipo de personas, y es que aún me engañan. Son profesionales, hasta yo les creo. Yo, que los puedo oler a kilómetros; yo, que mi instinto los tiene grabados en mi hipotálamo. Yo, que los detesto y me repulsan. Sólo quiero que dejen de vivir de mi vida, que se compren una a punta de coscachos que te llegan cuando muestras la cara real ante el resto. Que les duela, pero que nos dejen a los demás vivir con la claridad de saber que estamos ante personas de verdad.
Hoy levanto mi auto censura.
Sí, me auto censuré por meses. Sí, yo, la Periodista. Yo, la loca, compulsiva, descontrolada, me censuré. Y me censuré por el respeto que tengo ante los sentimientos de los demás.
Y es que estaba pasando por un huracán de sensaciones. Un verdadero caos de los tan mal considerados sentimientos. Y con el corazón hecho mierda.
Hasta que pasé de ser La Maldita Separada a ser La Mujer de Hojalata.
Y no fue fácil.
Ver llorar a tus hijas todas las noches no es fácil. A una, porque a la otra la pena se le fue para adentro. Y tan adentro que la consumió hasta dejarla con una enfermedad a la cual ahora tiene que enfrentar con todo su ser.
Y verlo a él todos los días. Todas las noches. Todas las semanas. Todos los meses. Al despertar, al dormir. Y amar verlo todos los días, todas las noches, todas las semanas, todos los meses, al despertar, al dormir.
Y escuchar a todos criticándome, todos diciendo exactamente qué era lo que debía sentir / hacer / hablar / demandar / enjuiciar / pagar / deber / gritar. Por mi bien, obvio.
Y mi opción siempre fue la misma: callar. No escribir. No enjuiciar.
Y no por mi.
Siempre he pensado que escribir ó pronunciar una palabra es como tirar una piedra. Puede romper algo. Y aunque la recojas, ya está roto. Y eran tantas las piedras que tenía en esta mochila que mi sentido de la responsabilidad era más fuerte.
Y así pasé esta eternidad: en silencio.
Pensando en cómo había terminado todo, cómo había perdido una familia, cómo reinventaba la vida. Hasta hoy. Porque hoy, cierro una puerta. Por dentro.
Me bastó solo darme cuenta, y créanme que no fue fácil. Que no perdí una familia: gané una nueva. Y no compuesta por mujeres débiles: nosotras somos una Tribu. Y no piensen que soy el clásico estereotipo de cabrona / perra que se hace la independiente para ver si aparece un galán que me salve de mi autosuficiencia. ¿Sería como salvar al demonio de su propio infierno?
Ya aprendí.
Yo amo. Y yo respeto.
Y yo soy perra. Y yo soy cabrona.
Y sí, tengo un carácter de mierda. Obtusa, cuadrada, exigente. Pero no estoy en este mundo para hacerles creer que soy una intelectualoide-superior-desconectada-de-mis-sentimientos-independiente-del-oxígeno.
Y hay algo que jamás olvidaré: nunca. NUNCA : Volver a desafiar a mi instinto. Mi animalidad es más fuerte. Y jamás se equivoca.
¿Necesitaré un nuevo corazón?
Tengo unos ojitos de aceituna pero brillantes como el cristal que iluminan mis días, mis noches, mis penumbras, mis momentos más oscuros, mis pesadillas, mis despertares y mis incertidumbres.
Porque desde que la supe en mi vientre y desde que sentí su alma comulgar con la mía sabía que llegaba a mi existencia una luz encandilante, inundada de amor y de belleza, fulgor de alegría y eterna esperanza.
Todo en ella me conmueve. Pero cuando veo esos ojitos de aceituna, sufriendo de soledad, de pena inmensa, de necesidad de amor, de vacío de ternura, mi alma muere y mi respiración desaparece.
Quiero que se impregne en su piel la certeza que jamás me iré. Que cuando, incluso, me transforme en sólo espíritu me pegaré a ella y besaré sus pasos por el mundo. Sostendré su corazón cuando se caiga y tapizaré de rezos sus noches.
Abrazaré sus brazos cuando sienta desolación porque no quiero que esos ojitos de aceituna vuelvan a llorar en toda la historia del Universo. Ni en esta vida ni en todas las que le esperan. Porque rebalsan hermosura y exquisitez, quiero que ese resplandor se refleje en mi y rieguen sus pasos con trazos de paz.
Ojitos, mis ojitos, no me iré, seré siempre, existiré siempre, los acompañaré siempre, no me despegaré de ustedes, me transformaré en el sol que siempre quieren ver, me convertiré en luna que siempre buscan, y en la risa y en el llanto de la vida. Seré sus pupilas para siempre.
Todo partió en uno de esos desvelos de media noche en que él siempre dormía y yo me levantaba a mirar por la ventana las luces de la ciudad.
Me gustaba correr la cortina y ver como las luces de la calle iluminaban el dormitorio. A veces llovía, a veces, simplemente, corría una ligera brisa nocturna que movía los árboles de la plaza y las flores en mi balcón. Sus flores.
Abrí los ojos y lo sentí respirar. Me levanté sigilosa a oscuras y fui a buscar mis luces.
Parpadeantes, inconclusas, seductoras.
Dejé que entraran para dibujarlo, pero sólo alumbraron mi cama vacía.
Lo busqué por los rincones, llegué hasta la cocina, lo llamé. Pero no estaba.
Me volví a dormir esperando que volviera, soñando que regresaba, y cuando cerré los ojos, volví a sentirlo respirar.
El café estaba servido como todas las mañanas. Dulce, un poco frío, pero intenso.
Es él, pensé. Me lo ha dejado él, sorbía.
El ajetreo de la cocina me dejó escuchar sus pasos, preparé su desayuno y lustré sus zapatos. Para que se vea hermoso, quería.
El día pasaba rápido y yo sólo quería volver a casa. Corrí hasta el Metro, no, mejor un taxi, él quizás tenga que trabajar más tarde, debe estar esperándome y no pienso hacerlo esperar. Quiero verlo, abrazarlo, escucharlo.
Abro la puerta pero no está. La mesa tampoco está puesta. La música está apagada y la cocina vacía. Lo quiero llamar hasta que lo escucho hablar con alguien, entonces no, mejor que no, mejor lo espero, suelto la cartera, abrazo a mis hijas y me saco los zapatos.
Camino por la madera para hablarle pero me mira de lejos y me detiene.
Sí, debe estar ocupado, cómo no lo espero, yo siempre tan ansiosa. Yo, la impaciente.
Me voy a la terraza y lo veo caminar, lo saludo con la mano pero no me ve, no importa, ya le daré un beso.
Y mientras pienso en su beso me hipnotizan otra vez las centellas de los edificios vecinos, alumbrando vidas ajenas, pasajes ajenos, pasiones extrañas, penas de soledad.
Y me distraigo con las vidas ajenas hasta que llega su carita hermosa de niña y me mira con sus ojos de aceituna.
Es igual a él, todos dicen que se parece a mí, pero es igual a él.
Sus lumbreras de carbón, sus dientes de ratoncito y su nariz juguetona, pero si es igual a él. La escucho tararear canciones que aprendimos juntas, la abrazo y la acuesto en mi cama, hasta que cae rendida entre las plumas de los cobertores.
Ahora va a venir, ahora lo voy a ver, ahora me va a contar de su día, y yo de mi día, pero después sólo escucho que escribe y escribe. Apasionado, escribe.
Entonces no, mejor que no, mejor me acuesto en silencio y lo espero.
Quiero esperarlo porque quiero escucharlo, quiero tocar sus manos, acurrucar mi cabeza en sus costillas y desmayarnos juntos, lo esperaré.
Y me quedo dormida. Y dormida lo busco, con la mano, en la cama, pero está tan fría, que el hielo me despierta.
Lo siento respirar pero no lo alcanzo; nuestra cama es inmensa, y es mi culpa, pensé que la recorreríamos por cada centímetro y la amplitud entonces garantizaría el recorrido. Pero por amplia me parece ahora que en ella no lo encuentro.
Ya casi no duermo y me levanto hacia la ventana, pero ya ni las luces lo dibujan, por qué no lo veo, no lo entiendo, si yo siento como respira. Si yo escucho su voz en el día, por qué ahora no lo veo.
Entonces corro por la casa, quiero encontrarlo y sacudirlo, despertarlo, apretarlo, pero fénix de alas rotas, ni si quiera puedo verlo; maldita grieta en el tiempo, maldita noche en que abrí la ventana, malditos ojos fijos, maldito frío en sus huesos, devuélvemelo que se escapa, devuélvelo a su pellejo, que la sangre vuelva a correr por sus venas, devuélvemelo.
Malditas luces que no lo alumbran, devuélvanmelo; malditas sombras que se lo llevaron, devuélvanmelo, que yo necesito tocarlo, que yo quiero verlo; devuélvanmelo a sus inicios, hasta que recuerde al hombre que era, hasta que quiera otra vez sus besos; devuélvanlo a la vida y a su risa, devuélvanmelo entero.
Recuerdo cuando no eras y yo te sentía.
Inundándome, batiéndome, revolucionándome.
No te esperaba y no te busqué, pero llegaste arremetedora y definitiva.
Me volviste una cobarde, en un principio, lo reconozco.
Después tu esencia estremeció el núcleo de mis células.
Motor, viento en mi vela, sabia fresca, rocío purificador en mis venas.
Hoy calas en las profundidades, alma mía, y siento otra vez como si te estuvieras asomando esa noche.
Separando mis caderas, crispando mi espalda de dolor, y yo ansiosa por verte.
Por mirarte, por tocarte.
Por caer en tus ojos de aceituna, por abrazarte y estrecharte contra mi.
Ahora flotas etérea entre tus sueños de niña,
y yo no puedo hacer más que esperar otra noche
para besar las estrellas en tu ventana,
pedacitos de sol en las flores,
esperanzas de seda entre tus manos,
hasta morir por las noches
amarrada a tus sonrisas.
Podría morirme hoy en la noche y teóricamente no podría quejarme, llevo más de mil años en el alma y ya creo que se me notan en los ojos, aunque trato de disfrazarlos de ingenuidad si alguien me queda observando por un segundo y me doy cuenta trato de esquivarlo para que no se entere lo vieja que soy.
Es un secreto y no puedo contarlo de frente, pero en momentos extraños como éste me inundan por entera y me desbordan, me colman y no puedo retenerlo.
Parece estúpido de mi parte que encuentre a personas que aún me sorprendan con simplezas y pequeñeces como si en mi vida sólo existieran cosas grandes, ideas grandes, gestos grandes. Entonces viene la energía maravillosa del universo que me permite aterrizar de cara al suelo y me muestra la humildad de sentir.
Ese instante mínimo, pequeño, inexacto. Un hálito, una pulsación.
Esa fracción de humanidad que me despierta.
Encontrarme en la mirada y no en los ojos.
El sentido y sustancia de lo que puede sostener una existencia.
Cómo borrar del espíritu lo que le permite mantenerlo vivo, creer que la perfección nos rige si no tenemos la aptitud de amar.
Y muchos, demasiados, no pueden sentir. No quieren sentir, odian sentir, odian odiar, porque odian sentir. Y como es inevitable sentir, tienen la incapacidad de descubrir lo que los puede hacer felices.
Entonces eligen sólo no amar.
No aman.
Viven con la mirada triste y cuando sonríen, simplemente, da pena.
Y cuando se dan cuenta, ya es tarde. Si sienten algo, es sólo tristeza.
Tristeza y soledad, porque aunque alguien los ame, son incapaces de sentirlo.
CAMINAR CON LOS OJOS VENDADOS POR UNA VIGA
HUIR DESPAVORIDO DE UN OLOR
LEER LOS OJOS DE UN DESCONOCIDO
Si a los hombres el universo les dio el instinto de la caza como herramienta para sobrevivir, a nosotras nos dio uno menos reconocible, no tangible, no ostentable.
Ese dolor que nos ha transformado no pocas veces en paranoicas, aprehensivas, y cambiantes, aunque no lo crean, a nosotras sí nos ha salvado la vida.
Podemos mirar a alguien por 5 segundos y decir “no, no es él” (ó ella), anticipar cuando nos van a mentir ó simplemente entrar a un lugar y sentir las malas vibras.
O tan drástico , como haber esperado por decanatos de ahorro para escapar solas de vacaciones a desenfrenados retiros espirituales y decidir no tomar-el-puto-avión y que para los demás parezca un ataque de histeria. Porque por eso pasamos: por histéricas, neurasténicas, dignas del Peral ( y gastándonos los millones que no tenemos tratando que nos saquen).
Sí.
Esa esencia que corre por nuestras venas, y que no nos gusta.
Porque no, señores, nos gusta.
¿O acaso creen que a una de nosotras nos gusta terminar incineradas en la hoguera del club-de-toby-inquisición-freestyle?
Hay mujeres aguerridas, lo reconozco, pero tengo la certeza que el resto no tiene ni la menor de las ganas.
Y podrían seguir vanagloriándose de estas menudencias pero sólo lo harían si no afectaran tanto sus vidas.
¿Y por qué?
Porque a esta sensación en la boca del estómago hay que tomarle trascendencia.
No se trata de deducciones simplistas o frases armadas de barata literatura de tardes de domingo. Sufrir la angustia con anticipación y luchar a brazo partido por lo que no se conoce no es el nuevo lema de las vírgenes eternas; más bien parece una condena mítica como el Mito de Sisifos.
Tomar decisiones sin información conocida, guiar los sentimientos y las acciones a oscuras; reconocer que acertamos cuando no debíamos, porque no podíamos, porque no sabíamos.
¿Y cómo sabe ella, qué se cree, por qué me persigue, por qué no para, para qué insiste?
Porque no lo niegues, este instinto te salva la vida. Es tan fuerte y tan animal que te permite avanzar en la vida y criar a tus hijos con la seguridad que sólo tú le puedes dar. ¿Y con qué? Con tu sensación, con tu olfato, que nace de tu vientre e inunda cada uno de tus movimientos.
Aunque al resto le moleste. Porque no te hace falta escuchar sus palabras para saber que te va a mentir; y si te encuentras de mala gana le puedes gritar en la cara lo que intuyes y acertar como si hubieses metido la flecha en la llaga; y eso no es un triunfo para nadie, es un dolor. Como nace, desde el estómago y cuando se transforma en verdad rodea tu vida y te sigue doliendo.
Qué ganas de haberte equivocado, qué ansias de haber fallado el tiro, pero no, le diste, certera, en el blanco.
Y te salva la vida.
Aunque pases de ser una mujer a una bruja maldita, ese instinto animal que te deja avanzar como una fiera en la selva y sobrevivir; abrázalo con todas tus células que en los momentos más duros será lo único de lo que te puedas aferrar.
Cuántas veces hemos decidido guardar la compostura, morder nuestros labios, apretar el puño con disimulo, cruzar las piernas, meternos una peineta atravesada en la boca para sonreír.
Esos días en que nos preparamos para lo peor y salir “triunfantes”, honrosos y honrados; utilizamos nuestro tono de voz a lo Gertrudis y ladeamos sonrientes un poco la cabeza mientras fingimos que el golpe en la boca del estómago del orgullo ni lo sentimos.
Esa política de vida chilena que ya es una forma de ser, es una bandera de lucha, enarbolada en nuestras sienes, tatuada a fuego en el inconsciente por nuestras abuelas, la frase inconfundible de las mujeres después que se cuentan las atrocidades que les infringió un tercero.
Siempre digna.
¿Por qué?
“Hable más bajito, mijita” Parece que todavía escuchas la reprimenda cada vez que no te parecía algo y tenías la tupes de lanzarlo al aire.
“No alegue taaaantoooo” Si ya no te habían logrado callar a la primera y osaste reclamar por lo que considerabas injusto.
Porque, qué vergüenza, qué atroz, qué escándalo, qué papelón nos puedes hacer pasar.
Y aprendimos a callar, a hacer de la soberbia nuestra mayor virtud, y la nunca menospreciada dignidad aparecía por arte de magia en nuestras vidas.
Me confieso una persona intolerante, pertenezco a una especie de reducto histérico capaz de cantar como en la ópera si no soporta algo; censurada y rechazada por el stablishment cuando se expresa en su amplitud.
¿Pero por qué prostitutas razones resulta ahora que ser digno significa que puedes andar con los cuernos en la calle pavoneándote engreídamente, si cuando te los pusieron (los cuernos) con cueva te sacaste el guante blanco para abofetear suavemente su ridícula cara?
Es que no es natural. Para mí: las cosas como son. Por su nombre, con sus colores, con sus expresiones más vivas si la huevada resulta que no me parece.
Y claro, el resto también puede opinar libremente que se me arrancan los enanitos para el frondoso bosque; que mi lengua nativa es el idioma de patio; que sufro de neurosis femenina si me quejo y, por último, y lo más indignante de todo, es que ande en “mis días” si además pongo cara de loly. “En mis días” ¿Realmente quieren verme “en mis días”? Já.
Resulta entonces que debemos soportar todo de todos.
Micrero imbécil que vas hablando por tu celular mientras manejas, que te saltas los paraderos y aceleras a 70 y frenas en un cuarto de loza para volver a acelerar 70. Si me paro y le pregunto si los pedales tienen algún problema mecánico podría pasar por digna (aunque un poco estúpida) pero si le digo que saque la pata del acelerador o llamo a los pacos, entonces soy una histérica.
Si pido un cappuccino y me traen un express con medio litro de Chantilly, ¿me puedo dar el lujo de mirarlo con ojos desorbitados del horror por la ignorancia y devolverlo e-xi-gien-do-un-ca-ppu-cci-nooooooooo!
Nooooooo, por supuesto que no, estamos en Chile, el cappuccino en Chile es un café Haití con medio litro de crema y yo soy una pobre ignorante que no sabe que se cree pidiendo puras huevás.
¿Alguno de ustedes no han usado su hora de colación en la pega para ir al médico y el infeliz se atrasa media hora en atenderlos? Ni se les ocurra ir a quejarse, capacito que les recete un medicamento sacado del mercado hace dos años por el Ministerio de Salud, y las secretarias te miren como si fueras un ogro incontrolable. No, una persona digna jamás haría eso, se levantaría suavemente y preguntaría “¿el doctor sigue con pacientes?” No taradito, no sigue con pacientes, está atendiendo al visitador médico así que bánquesela dignamente.
Es que no importa si tu jefe te metió el palo por el orto con la sobre carga de pega, y te sentiste todo un Caupolicán cuando llegaste a tu casa. Con cueva apretaste de nuevo la boca, respingaste la nariz y tiraste las puteadas por el chat porque, darte vuelta y decirle que no eres un servil pulpo puede ser bastante poco digno. No, que te baste con alegar por facebook, que por poco digno te van a quitar la pega.
Y entonces tengo que vivir tragándome mi verborrea siciliana cada vez que quiero sentirme “digna”. ¿Digna de qué? Digna de aceptar la mediocridad y el veneno ajeno, digna de mamar las oleadas de gatos por liebres y digna de soportar que la gente haga lo que quiera conmigo para no parecer escandalosa.
¿Y para qué? Para educar a mis hijos a que también sean dignos. Para que nadie se entere que corre sangre por mis venas, y que deben seguir aguantando hasta que la cosa cambie por milagro, mientras sigan sentando su trasero en mi cara, en nuestras caras, porque por dignidad jamás diría que no toleraré que me sigan cagando.
Entonces no. Decido que no. Métanse su dignidad por la raja.
Exijo mi (nuestro) derecho nato, inalienable, absoluto, y no sólo de quejarme, una y mil veces, a parar el carro cuando me atropellen, a decir que no, cuando no quiero; a devolver un plato mal cocinado; a exigir el detalle de la cuenta para saber exactamente lo que me cuesta algo, y sin quedar como rota, neurasténica, y poco digna.
¿Qué hay con respecto a la igualdad de géneros en el trabajo?
Aquí miles de políticos, politiqueros, sociólogos y depresivos estudiosos del tema podrían bombardearnos con sus teorías y mejoras legales; pero la realidad se asoma bastante más cruenta en las trincheras asalariadas.
Y no estoy hablando del número de Gerentas versus el número de Gerentes, sino de todo el camino que deben soportar las mujeres para llegar a aspirar a ese cargo.
¿Te ha parecido alguna vez que ellas son unas perras masculinas y desagradables?
Si te has encontrado con una de ellas o te ha tocado trabajar cerca de una de ellas, debes estar sonriendo y asintiendo con la cabeza.
Son serias, bruscas, sin tino.
Atacan tu orgullo viril y tocan tu fibra más sensible y profunda cuando te hacen dar cuenta que estás equivocado. Que, involuntariamente, cometiste un error; que diseñaste mal la fórmula y por eso resultaron mal los cálculos.
Y no les importa decirlo frente al VP ó a tu novia, sólo te lo dice en tu cara, y está tiesa, sin gestos, claramente no se le movió ni una pestaña y siguió su camino.
No anda con faldita tapa rajas y no lleva la manicure francesa; a la peluquería sólo va a cortarse las puntas del pelo.
Qué desagrado.
Te devuelves a tu oficina con el orgullo herido y cuando puedes, a la menor provocación de un compañero (aunque sea sólo del edificio institucional) la pelas.
Y atacas por donde te dolió, porque no sólo afectó tu orgullo, también pasó a llevar tu intelecto porque te hizo sentir todo un estúpido.
“No sabe decir las cosas, no sé qué se cree, arribista, trepadora, Juanita tres cocos”.
Porque como no usa medias ni escotes no podrías acusarla de maraca.
Llega a las cenas de oficina y no toma alcohol. Y si toma, no es un pisco sour, va directamente al vodka ó al whisky. Y queda igual de parada que si hubiese tomado agua.
¿Qué te molesta tanto de ella?
Te molesta que no sea como las demás, a lo que tú estás acostumbrado: una fémina discreta, dulce y sutil; una mujer que te dice las cosas a solas y en forma mesurada.
Te exacerba que dé un tiro certero, que no se equivoque; que no se maquille. Que tenga un Ipod y use más y mejor tecnología que tú.
Te saca de quicio su capacidad de nivel de negociación sin tener que usar armamento pesado: perfumes, cruces de piernas y agacharse sin doblar las rodillas.
Trabaja cuando tiene fiebre y no anda llorona una vez al mes.
Puede ser tu colega, y puede ser hermosísima, pero tú la encuentras fea porque pasó al bando de las feas: jamás, pero jamás bailaría contigo en la fiesta de fin de año.
La ironía y el humor negro van de mano con su inteligencia, el sarcasmo brota de sus ojos aunque te la cruces en la Vendomática. Aunque ella no esté realmente burlándose de ti, pero una vez que te hizo una observación a tu trabajo perfecto ahora te parece que siempre se estuviera riendo a tus costillas.
¿Por qué?
Porque ella es simplemente brillante. Y tú lo sabes. Y te molesta. Brillante y fuerte, porque ha tenido que soportar palabras zalameras y traiciones de sus compañeros, zancadillas por deporte profesional.
Miradas asesinas y el doble de carga de trabajo que tú. Prejuicios de la época de la colonia que se ciernen sobre su género . Le parcelan las vacaciones a fines de semanas largos para que no cruce el Atlántico despertando más envidia aún entre sus pares. Y gana un 35% menos que su compañero de escritorio, con la misma preparación y con la misma capacidad.
Porque decidió que sólo por ser una mujer jamás se vería obligada a susurrar lo que quería decir a gritos, porque se sintió con el derecho de decir exactamente lo mismo que tú y que todos los otros hombres sin hacerles el lobby de la pichanga después de la oficina ni tener que jactarse de sus aventuras sexuales con el amante de turno.
Porque sus objetivos son claros, y tan claros, que no está dispuesta a poner en juego y sobre la mesa lo que le ha costado años de trabajo y de lidiar con hombres que están acostumbrados a vivir en un círculo de hierro alimentado con sus propios egos.
Mujeres que están dispuestas a barrer con su esfuerzo y su intelecto siglos de ideas pre-formadas y reformadas sobre ellas mismas.
Puedes volver a tu casa, a tu trabajo, y pensar en miles de estrategias para derrocarla. Pero ojo, que ya llevan medio camino andado, y cada vez serán más las que pierdan el miedo a sus propios límites y utilizarán su mejor herramienta para conseguir sus objetivos: su propio intelecto.
Usted.
SÍ! USTED!!!
No se haga el gil.
A usted es justamente a quien le estoy hablando. Usted… ¿o ya que le dije que era un gil puedo tratarlo de “tú”? Bué, supongamos. SÍ! TÚ! Tú que te consideras un ave fénix por renacer de las cenizas, tú que te sientes todo un felino por caer de pie y tener 7 vidas.
Tú que estás ahora solo.
Sin lamentarte delante de nadie.
Pensando en cómo chucha llegaste a esto.
En qué parte del camino doblaste mal, jurando que lo hacías la raja, sólo porque estabas dando tu mil por ciento.
Cuando veías a tus coleguitas sacar la vuelta, llegar con 15 minutos de retraso, tomarse una hora para desayunar en la oficina, leer lun 50 veces al día. Y tú los mirabas de reojo, le tirabas un par de tallas para no-quedar-mal con la gallá; pero te levantabas una hora antes para jamás retrasarte con un café, contestabas los correos de la oficina desde tu casa, te despertabas y duchabas pensando en las ingeniosas ideas innovadoras que perfeccionaban la gestión de tu área… mirabas tu porquería de título profesional pensando en que si no trabajabas en lo que estudiaste, al menos te habría dado todas las herramientas que el rigor de la disciplina universitaria te habría dado para re-inventarte, re-plantearte, re-decorarte y re-seducir a tus jefaturas.
Tú, que te ofreciste para absolutamente todo, y sólo por un palmetazo en el lomo. Sí, tú, que esperabas que te pagaran las horas extra… pero si no te las pagaban FILO!!!! Porque eras 4WD, un elemento de confianza, imprescindible (y por último, qué rotería, qué desgaste, estar peleando 10 lucas de tu escuálido sueldo a fin de mes: ay, no, no revisé el depósito, qué latita, tiene prioridad 3 millones).
Porque la prioridad número uno no era realmente la tuya (si no, habrías trabajado para la fundación “Tus Hijos”) sino por la prioridad del resto omniprescente: La Compañía, tu área, tu departamento, y en el peor de los casos, por la prioridad de tu Jefe.
Entonces , no contemos los billetes de a luca: lo más importante es que usted Jefe, cuenta conmigo de lunes a lunes. O sea, VA-LOR!!! Ni se le ocurra pensar en lo contrario.
Es que, usted sabe, pues Jefe… soy TAN PERO TAN inteligente, que antes que usted me pide algo, yo ya tengo un informe listo, con auto filtro (porque usted no tiene pichula idea de Excel), lo subí al DataWareHouse que creé el mes pasado, y lo preparé en una presentación en .PPT para su Gran-Gran-Jefe. Y gratis, porque aunque haya trabajado un fin de semana en la wevá, en vez de cuidar a mis cabros chicos, no le voy a cobrar un peso por la tontera (porque, definámoslo así, definitivamente es una soberana tontera), y peor aún, usted ni si quiera me lo pidió: a mí se me ocurrió la wevá en la ducha antes que usted me lo pidiera sa-bien-do-que-me-lo-i-ban-a-pe-dir.
Sí.
Tú.
Tú que empezaste a fumar de nuevo, tú que no puedes quedarte dormido antes de la una porque tus niveles de adrenalina son tan pero tan altos que es como si tu país estuviera en guerra. Como si estuvieran a punto de bombardear tu casa.
Tú, que no pierdes la fucking estúpida esperanza, que sueñas con el día en que el Gerente te mire con un puto guiño y te diga: sabi’ qué? Te la jugaste demasiado… me sorprendiste! Jamás esperé algo así de ti. Te necesito, eres ultra eficiente, aumentaste la producción, y tu capacidad de inventiva y re-inventiva de soluciones que-pen-sas-tes-en-la-du-cha te hacen merecedor de UN ASCENSO!!!
Y ese día que tanto esperaste. Que se te inflara el pecho, que te mantuvieras digno, que todos ahora también te sobaran el lomo, había llegado.
Síiiiiiii, obviamente que eres túuuuuuuuu.
¿Y sabes por qué eres tú?
Porque ese día. Ese díaaaaaaaaaaa.
No llegó.
Y el conchazo que te diste cuando supiste que ese día no sólo no llegaría, sino que no llegaría jamás ahí… fue tan pero tan grande que nada más que agarrarte a ti mismo a charchazos por la eternidad jamás habría sido suficiente.
¿En qué mierda estabas pensando? ¿En que en esas comidas de reconocimiento, los que iban, iban por reconocerte a ti?
LO-LY
Iban porque los obligaba el protocolo.
¿Pensaste, que tu Mandamás no iba a aumentarse el sueldo para darte un incentivo a ti?
Putas que eres gil.
Gil e imbécil. O como diría mi abuelita: bastante inocente (siempre he admirado su diplomacia) . “No confíes en tus dientes porque cuando los dejas en libertad te muerden la lengua”.
Sí.
A ti te hablo.
A ti que abandonaste a tu familia, a tus sueños más locos, a tus noche de conversación…y no por exactamente una palmadita en el hombro, ni menos por un puñal en la espalda: por una espada completa en medio de los dos omóplatos que ahora, exactamente ahora, te tienen sin poder respirar del dolor.
A ti, que los últimos segundos que te quedan en esta última tarada postura, te escribo.
Para que de una honesta vez, te desahogues y te dignes al menos a vomitar en letras todo tu exorcismo liberador.
Quería escribir miles de palabras, me había aguantado tantas noches para reservar ésta….. pero estoy congelada.
Mi vientre salta para todos lados y por segundos no puedo respirar. Hace días ya que toda la valentía que acumulé para aguantar el dolor se quedó bajo la cama y sólo alcanzo a gemir y a llorar cada vez que doy un paso.
Mis huesos se empezaron a separar hace meses y ya tomaron la distancia máxima que mi carne soporta, pero no fue suficiente.
Finalmente mi espalda se dobló.
Y por más que Javier y yo nos transformamos en un par de conejitos, comí papayas, bailé en matrimonios, nadé, me hice adicta al jacuzzi y seguí todas las recomendaciones que mi doctor me sugirió, la Amelia no pasa por ningún orificio que no sea hecho con un bisturí.
Así que la Amelia llega mañana a mirarnos con sus ojitos de aceituna.
Ahora pateará al aire y seguirá alimentándose de mí.
Mirará al cielo y reconocerá la voz ronca de su padre que le cantaba himnos de equipos lejanos.
Ya no sentiré esas ansias de carne roja y llena de sangre que me violó durante meses, y volveré a mi fascinación por los peces.
Finalmente podré respirar hondo sin sentir sus pies en mis costillas.
Escucharemos música juntas y miraremos a Javier llegar por las noches.
Al fin podré estrecharla entre mis brazos y llorar cuando vea llorar su padre.
Al fin podré ver su carita.
Esta noche me parece eterna y es la última, la última noche y nuestra primera madrugada, antes de respirar nuestro aire y amarnos para siempre.



